Memorias de un fraude electoral; Cuauhtémoc Cárdenas tras las elecciones de 1988

Por: Itzel Guadalupe Alaniz Espinoza

Una multitud comenzó a concentrarse en el Monumento a la Independencia; les aguardaba un largo recorrido. Desde allí, avanzaron hacia la Plaza de la Revolución, en espera del anfitrión que les había dado cita: Cuauhtémoc Cárdenas.

Tras la presunta manipulación del proceso electoral del 6 de julio de 1988, como lo denunció la oposición del régimen priísta, Cárdenas se unió a Rosario Ibarra para exigir explicaciones a la Secretaría de Gobernación por las múltiples irregularidades detectadas en las elecciones presidenciales, que dieron como ganador a Carlos Salinas de Gortari. Ante la falta de claridad por parte del gobierno, ambos convocaron a los simpatizantes del Frente Democrático Nacional a una marcha el 16 de julio para denunciar públicamente el fraude electoral.

En el escenario, un espacio vacío esperaba. Todos los ojos estaban puestos en ese punto, atentos a la inminente llegada de Cuauhtémoc Cárdenas. Mientras tanto, una figura aprovechó la ausencia para robar cámara: Heberto Castillo. Saludó a la multitud, que le respondió con entusiasmo, y eso pareció inflar su ánimo. Aunque había declinado su candidatura presidencial para unirse a Cárdenas y formar una oposición fortalecida frente al priismo, en el fondo parecía ansiar mayor protagonismo. Sin embargo, no logró destacar a comparación de la figura dominante que representaba Cárdenas.

El reloj marcaba las 10:15 horas cuando el candidato apareció. Vestía un sobrio traje gris, pero su sola presencia bastó para encender el ánimo colectivo. Luego de los saludos y palabras de agradecimiento, la marcha comenzó 35 minutos después. A lo lejos, el contingente parecía un tianguis multicolor en movimiento: banderolas rojas y amarillas, rosas y blancas, verdes y negras ondeaban al viento. Era la imagen viva de la coalición: en ese momento, los partidos no importaban, lo que los unía era una sola causa: la justicia.

Además de banderolas, destacaban muñecos orejones que caricaturizaban la figura de Salinas. Muchos de ellos fueron calcinados frente a la torre de la Lotería Nacional al grito unísono de: “¡Duro, duro, duro!”.

“¡Valla al candidato!”, “¡valla al presidente!” coreaban los seguidores de Cárdenas mientras daba sus primeros pasos para dirigirse a la plancha del Zócalo. La gente lo protegía. Un grupo de campesinos expresó: “Aquí no necesitamos guaruras ni Estado Mayor; el pueblo cuida a su candidato”.

Damas, caballeros, ecologistas, científicos, artistas, ferrocarrileros, taxistas, amas de casa, cocineras y uno que otro curioso que se coló, salieron en defensa de su voto. Se estima que asistieron cerca de 300 mil personas. El ambiente era de entusiasmo y espontaneidad. Incluso el cielo pareció sumarse a la movilización: un arcoíris apareció sobre los asistentes, como reflejo del momento animado.

Los comerciantes también hicieron su parte: vendían tortas, refrescos y hasta playeras cardenistas a 10 mil pesos. La gente las compraba. La venta fue buena.

Sin embargo, no todos lograron llegar. Algunas caravanas se quedaron a un paso de sumarse. Un grupo de personas provenientes de Morelos fue interceptado por un helicóptero que patrullaba las calles cercanas al contingente. Al gobierno no le convenía ejercer represión de manera tan visible, debido al antecedente de los movimientos de 1968 y 1971 aún frescos en la memoria colectiva.

No solo Salinas y el PRI fueron señalados como los enemigos. También lo fueron periodistas y la empresa Televisa. Algunos comunicadores, acusados de servir al Estado antes que a los hechos, fueron impugnados por los asistentes, quienes les exigían reportar con veracidad. Otros coreaban: “¡Muera Televisa!”, “¡muera Zabludovsky!”, “¡uleros, uleros!”.

Al llegar al Eje Central Lázaro Cárdenas, nombre que evoca el legado del padre de Cuauhtémoc, la marcha se volvió más ordenada. Los manifestantes formaron ocho filas y ocuparon los carriles hasta llegar al Zócalo. Metros antes, entre la calle 16 de Septiembre y la Plaza de la Constitución, en el balcón del hotel Majestic, se encontraba doña Amalia Solórzano, viuda de Cárdenas. Desde ahí, aplaudía y gritaba al ver la cantidad de seguidores que respaldaban a su hijo. Era testigo del legado que su esposo forjó, y que ahora perduraba en Cuauhtémoc.

Al llegar al Zócalo, la plaza se llenó por completo. Era la segunda vez que Cárdenas lograba esa hazaña. Sin duda, estas elecciones pasarán a la historia como el momento en que surgió una oposición sólida y visible.
El ambiente aún era festivo, pese a las condiciones climáticas. El sol, implacable, provocó varias insolaciones. Una mujer fue cargada por dos hombres para recibir primeros auxilios por parte de la Cruz Roja.

El mitin comenzó con un abrazo entre Cuauhtémoc y Rosario Ibarra. Ella tomó la palabra y declaró: “El 6 de julio el pueblo tomó venganza. Ese día se vengó del PRI-gobierno porque reconoció a Cárdenas como presidente”. Aunque no compartía el proyecto político de Cárdenas, Rosario luchaba por la defensa de la voluntad popular.

Mientras tanto, Manuel Clouthier, el candidato panista, tomó un camino distinto. En lugar de unirse, realizaba reuniones en varios estados para denunciar el fraude orquestado por el gobierno. Alegaba que, en las cifras oficiales, había quedado en segundo lugar, y que él era el verdadero favorito del electorado.

Durante el mitin también habló Antonio Santos, dirigente del Centro de Estudios Universitarios (CEU). Aseguró que ese día marcaba el inicio de la rebelión que pondría fin al sistema actual, y anunció que el 20 de julio se celebrará una reunión en el auditorio “Che Guevara” de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con el propósito de convocar a los jóvenes a defender el voto popular.

Minutos después, Cuauhtémoc tomó el micrófono. Explicó las distintas fases del fraude electoral, presentó su proyecto de nación y lamentó que el PRI, un partido que había nacido para cumplir las demandas de la Revolución Mexicana, hubiera traicionado su propósito, a pesar de la sangre derramada por el pueblo. La multitud frente al Palacio Nacional escuchaba con atención.

Al concluir los discursos, se guardó un minuto de silencio en memoria de Francisco Xavier Ovando y Román Gil Heráldez, colaboradores de Cárdenas asesinados en la Calzada de La Viga. Durante ese momento solemne, las personas alzaron su mano derecha y, con los dedos índice y medio, formaron una “uve” de victoria.

Ese mismo día, Jorge de la Vega Domínguez, presidente del PRI, se pronunció respecto a la movilización. La calificó de mentirosa y provocadora, y defendió que las encuestas favorecían a Salinas de Gortari, llamó a respetar el voto.

Es la primera vez que el país se muestra tan polarizado. La oposición crece y se fortalece. Y aunque el temor a la represión sigue latente, la ciudadanía salió a defender sus ideales. Se entregaron a Cuauhtémoc Cárdenas y dejaron a Salinas de Gortari como, quizás, el presidente más solitario del mundo.