Crónica: El Mundial adelantó la noche en Garibaldi

Por Itzel Alaniz.

Garibaldi es el alma nocturna por excelencia de la Ciudad de México, aunque esta vez las personas decidieron darle estridencia a plena luz del día durante la inauguración de la Copa Mundial de Fútbol 2026. México cortó el listón rojo de la fiesta futbolera en el Estadio Banorte; sin embargo, miles de aficionados encontraron en las plazas públicas un espacio para sumarse a la celebración.

Poco antes de las 12:50 horas, la explanada comenzó a poblarse de camisetas verdes, banderas tricolores y rostros ansiosos por el silbatazo inicial. Cuando la transmisión mostró la bandera mexicana en la pantalla gigante, una ola de aplausos recorrió la plaza. Las voces de mujeres, hombres, niños y adultos mayores se unieron para entonar el himno nacional con un fervor que por momentos pareció superar al de un 16 de septiembre. Entre el coro también sobresalieron voces con acentos ajenos que intentaban seguir cada estrofa.

A las 13:00 horas, las banderas dejaron de ondear. Las miradas se clavaron en la pantalla instalada por la Alcaldía Cuauhtémoc y la conversación cedió terreno a la expectativa. Las narraciones del partido apenas lograban abrirse paso entre las trompetas y los cánticos de la afición. Para muchos, la única guía fueron las imágenes del encuentro y el marcador que permanecía en la esquina superior izquierda.

Los gritos y el estruendo de las matracas surgieron primero de un bar ubicado cerca de la plaza. Durante unos segundos, quienes seguían la transmisión en Garibaldi ignoraban la razón de aquella euforia; la señal que recibían llevaba algunos instantes de retraso. Entonces llegó la imagen: al minuto nueve, Julián Quiñones envió el balón mundialista al fondo de la red custodiada por Ronwen Williams y encendió la llama mexicana en la Copa del Mundo.

Ese fue el instante de la gloria. El grito de “¡gol!” retumbó en Garibaldi y pareció extenderse por todo el país. La cerveza que algunos sostenían terminó sobre los hombros de quienes estaban a su lado; la espuma escapó de las latas y cubrió camisetas, rostros y banderas. Nada de eso importó. México tenía la ventaja.

La esperanza se reflejaba en los rostros de los mexicanos y también en los de algunos extranjeros que se habían sumado al apoyo de la selección tricolor. Durante el primer tiempo, Sudáfrica presionó en varias ocasiones cerca del área mexicana. Cada avance del conjunto africano apagaba por unos segundos las trompetas y las conversaciones de la plaza. El silencio se imponía mientras el balón rondaba la portería. Otros aficionados respondían a la tensión con bromas y comentarios que minimizaban al rival.

México tenía el segundo gol y lo dejó ir. Los pases coordinados entre el Piojo

Alvarado, Brian Gutiérrez y Julián Quiñones se perfilaban para darle otro gol a la selección, pero el balón se estrelló en el poste. Los reclamos no se hicieron esperar en Garibaldi, como si la pantalla fuera a comunicarles a los jugadores lo dicho por las personas. Aunque después de la queja vinieron los aplausos, en reconocimiento al esfuerzo del Tricolor.

El silbatazo que marcó el descanso también liberó a los asistentes de Garibaldi. Muchos aprovecharon para estirar las piernas, buscar otra cerveza o dirigirse a los sanitarios. No importó que la mayoría no se conociera. El medio tiempo convirtió la plaza en un punto de encuentro. Algunos improvisaron una cascarita y un torneo de dominadas; otros iniciaron conversaciones mientras esperaban su turno en las filas de los sanitarios.

—¿Cómo viste el primer tiempo?

—México juega bien, me tiene impresionado. Creo que puedo confiar.

—Como dice el Chicharito, podemos soñar cosas grandes.

Entre la fila apareció una versión peculiar de Frida Kahlo. Al menos eso parecía a primera vista. En realidad se presentaba como Frida Campos. Su presencia atrajo las cámaras de celular y solicitudes de fotografías. Incluso accedió a grabar un saludo para un tal “Talachas”.

—Qué onda, Talachas. Te saluda tu amigo Frida Campos. Buena vibra siempre.

La fila de los hombres avanzó con rapidez. La de las mujeres parecía detenida en el tiempo. Al fondo, varias fotografías de luchadores decoraban las paredes de los sanitarios. Un letrero prometía limpieza, aunque la realidad mostró otra historia. El piso estaba inundado y varias puertas no cerraban. Quienes llevaban bolsas o mochilas evitaban colocarlas en el suelo y debían sostener la puerta mientras utilizaban el espacio.

Los jugadores volvieron a la cancha y el árbitro dio inicio al segundo tiempo. A lo lejos se escuchaban gritos de ímpetu: “¡Ya inició, apúrate, que no me quiero perder de nada!”. La puerta de los baños comenzó a colapsar entre quienes buscaban entrar y quienes querían salir para ver el partido.

La emoción se mantuvo estable hasta el minuto 67. Entonces el Piojo encontró el costado derecho del área penal y le dio a la selección mexicana su segundo gol. El grito unísono volvió a apoderarse de Garibaldi, esta vez acompañado de elogios a la precisión de la jugada.

—¡Fue un golazo!

—¡La precisión estuvo increíble!

Los más pequeños no tardaron en imitar las celebraciones de los adultos. Se quitaron la playera, la hicieron girar sobre sus cabezas y corrieron entre abrazos y gritos. Su euforia robó las miradas de quienes estaban alrededor. Algunos los señalaban con una sonrisa; otros levantaban el teléfono para capturar el momento en una fotografía.

Al terminar de celebrar el gol, las miradas quedaron fijas como imanes en la pantalla. Entonces la imagen se tornó oscura por las fallas técnicas que presentaba y, de manera tan abrupta como inesperada, la fiesta en Garibaldi llegó a su fin.

Los reclamos no se hicieron esperar y, junto con ellos, aparecieron los insultos. Pasaban los minutos y la señal no regresaba, así que poco a poco la gente comenzó a abandonar el lugar. El partido todavía no terminaba, pero el marcador parecía definido: México ganaba 2-0 a Sudáfrica en la inauguración del Mundial.

La celebración terminó en Garibaldi para continuar en el Ángel de la Independencia, punto de encuentro habitual de los aficionados al fútbol cuando su equipo consigue una victoria.

Las calles aledañas al Ángel de la Independencia permanecían cerradas debido a la concentración de personas, que aumentaba a cada momento. Por ello, las opciones para moverse en transporte público eran limitadas.

—¡No importa, si tenemos que pagar un Uber, lo hacemos! mencionó una madre de familia que llevaba a sus hijos a festejar la victoria.

La estación Insurgentes del Metro de la Ciudad de México representó la mejor opción. Al salir del vagón, los aficionados entonaron Cielito lindo; algunos apenas lograban completar las estrofas con voces entrecortadas.

La mayoría buscó refugio ante la intensa lluvia que cayó sobre la ciudad. Otros desafiaron el aguacero y continuaron su camino hacia el Ángel. Por unos instantes, el clima logró algo que Sudáfrica no consiguió en noventa minutos: contener a la afición. El punto de reunión lucía con pocos grupos dispersos. Sin embargo, cuando la lluvia cedió, la multitud se apropió del lugar.

Pronto regresaron los gritos de “¡Viva México!”, las trompetas y las bocinas que reproducían canciones mexicanas. La espuma comenzó a volar de un lado a otro hasta teñir el ambiente de blanco. Nadie parecía molestarse cuando terminaba cubierto por ella; al contrario, cada lanzamiento provocaba risas, aplausos o una respuesta similar. Entre la multitud aparecían máscaras de luchador, sombreros de mariachi y banderas tricolores que se agitaban por encima de las cabezas. Tampoco faltó quien ofreciera un shot de Bacardí a completos desconocidos. Varias mujeres aceptaban el gesto antes de continuar con el festejo.

El Ángel no ofrecía espacio para largas conversaciones, el ruido impuso sus propias reglas. Aun así, entre trompetas, cánticos y espuma, las personas encontraron algo en común. Eran perfectos desconocidos que compartían la satisfacción de ver ganar a su selección. Por una tarde desaparecieron los colores de la Liga MX, las rivalidades y las burlas de cada jornada. Todos vistieron la misma playera tricolor, levantaron la misma bandera y celebraron la misma victoria: la de México.